
...so, la tragedia del otro siempre en segundo o tercer plano, siempre como la de un perico echado por la borda, mientras nuestras piernas y brazos luchan desesperadamente por salir a flote en medio de la catástrofe personal; pero es que el paisaje tan anchuroso reduce a proporciones ridículas nuestro sufrimiento y hasta casi podríamos reir de lo estúpido de nuestra condición irremediable. Si por un instante pudiéramos admirar la sobriedad, la paz cósmica del arriero, del pastor y sus ovejas dejaríamos de remover las piernas como remolino; entonces nos resignaríamos (nos re-nombraríamos) y ya no seríamos este Ícaro al que no le pasa nada sino el mero cumplimiento de la cita con su destino, so...